Opinión


La vía pública: emblema de la libertad y del progreso

26 de November de 2016 , a las 13:48


“A pie, con el corazón gozoso, salgo al camino público.

Saludable, libre, siento que el mundo se extiende ante mí.

El largo y pardo sendero me llevará al lugar que yo elija.

Ya no apelaré a la buena suerte: yo soy la buena suerte.

Ya no pospondré nada, no imploraré nada, nada necesito.

He acabado con las quejas domésticas,

con las bibliotecas, con las críticas pendencieras.

Fuerte y satisfecho, viajo por el camino público”.

Walt Whitman  (Canto del Camino Público)

Las vías públicas son a un país lo que el sistema de irrigación sanguínea es a un organismo viviente.  Como circulan por las venas los nutrientes, el oxígeno y la vida; por las vías públicas circulan los viajeros, el fruto del trabajo, los sueños y la vida colectiva.  La libertad y la vida la sustentan los caminos. Por eso los caminos no se pueden interrumpir sin traumatismos. Así como se respira profundo con el vigor y la salud cuando circula en las venas la sangre sin esfuerzo, el país goza de salud cuando sus vías públicas están en buen estado, sobre cimientos sólidos y se desplaza por ellas su pueblo libremente camino a sus faenas, al mercado, a la escuela, a la aventura o en busca del tibio reposo en el hogar.  La enfermedad suele traer consigo la pérdida de la libertad. Una sociedad enferma pierde también su libertad: la expresión más traumática de nuestros paros gremiales, cívicos y campesinos es el bloqueo de las vías. El lúgubre espectáculo de vehículos ardiendo en la vía pública revela el traumatismo de un país en estado de indefensión, como un organismo cuyas defensas naturales no funcionan, y se encuentra por eso a merced de infecciones que limitan su libertad.

Si uno quiere conocer el grado de desarrollo de un país, tiene que asomarse a mirar el estado de sus vías.  El examen superficial de este aspecto de la vida nacional nos revela que en Colombia el desarrollo vial no es homogéneo, como si fuera un país federalista: algunas regiones, como la llamada zona cafetera del antiguo Caldas, está mucho más avanzada que las zonas cafeteras del Huila, o del Cauca; mientras que en el Chocó, la Guajira y las zonas marginales del oriente, las vías públicas terrestre son inexistentes. Allí las vías son los ríos y son los potrillos, el deslizador y el bote los medios de transporte.  Nada revela más el atraso económico de Colombia que la ausencia de una red vial que comunique con eficiencia a los pueblos pequeños entre sí, y a estos con los centros de mercado y de consumo.  Con respecto a nuestros vecinos del sur, estamos a más de medio siglo de rezago en el desarrollo de nuestra infraestructura vial.

¿A qué obedece este ostensible atraso?  He aquí una simple pregunta que no tiene una respuesta simple. Quizás podemos simplificar diciendo que el atraso vial es el resultado de la ausencia de buenos administradores.  Nuestra clase política prefiere invertir en autopistas que conecten los centros urbanos mientras en el olvido se quedan las regiones en donde habitan la mayoría de los colombianos, quienes producen los bienes que sustentan la economía legal de la nación. Es una situación irracional pero es real. Como si fueran los vasos comunicantes del sistema de irrigación sanguínea, las vías secundarias y terciarias en el abandono, constituyen una terrible enfermedad social que desalienta al productor campesino, traumatiza el funcionamiento del aparato productivo, eleva los costos del transporte, impide el mercadeo, propicia la pobreza y perpetúa el atraso.

Si uno quiere evaluar el grado de civilidad de un pueblo, hay que observar cómo se comporta su gente en la vía pública. La civilidad incluye pero no se limita a valores fundamentales de la salud social, cuyo cultivo al nivel individual contribuye sin duda a la buena salud personal. Valores como la solidaridad, el respeto por el otro, la capacidad de compartir el espacio, la paciencia y la tolerancia. El bloqueo de las vías como forma de protesta social contraviene todos estos principios porque suspende la libertad, el valor supremo, que va de la mano de la buena salud tanto individual como social. “Dadme libertad o dadme muerte” dijo para la memoria de los pueblos un patriota estadounidense que se llamaba Patrick Henry.  Con ello quiso decir que sin libertad la vida no tiene ni sentido ni valor.

¡Cómo son de importantes los caminos públicos! Son el emblema de la libertad del caminante, sea este un viajero, un productor, acaso un comerciante, un estudiante o un amante que se apresura como “la abeja al panal”. Los caminos públicos son emblema del progreso. Contribuyen de manera decisiva a la prosperidad individual y por ende, al bienestar de las naciones. Las vías son un componente esencial de la salud, la prosperidad, la paz y la libertad de los pueblos.